¿CÓMO APRENDEMOS A RELACIONARNOS EN PAREJA?

LA MANERA EN QUE EL APEGO DE NUESTRA INFANCIA AFECTA NUESTRAS RELACIONES DE PAREJA 

El apego, una necesidad básica para el ser humano

John Bowlby fue el primero en afirmar que los seres humanos tenemos la necesidad básica y fundamental de afecto y que estamos programados biológicamente para que, desde el primer momento en que llegamos al mundo, podamos construir vínculos afectivos con los demás, que nos ayudarán a sobrevivir y a desarrollarnos en el plano social, cognitivo y afectivo.

En relación a esto, René Spitz identificó que los bebés que eran separados bruscamente de sus madres en los primeros meses de vida, privándoles de la posibilidad de establecer un vínculo afectivo con un sustituto materno, presentaban una patología a la que denominó hospitalismo. Las madres de los bebés que Spitz estaba estudiando habían ingresado en prisión y ellos habían quedado al cuidado de unas niñeras en la guardería de la misma cárcel. Estas niñeras, debiendo hacerse cargo de varios bebés al mismo tiempo, pudieron aportarles los cuidados fisiológicos que necesitaban (alimentarlos, asearlos, darles cobijo, etc.), pero no fueron capaces de establecer una relación de afecto con ellos. Como consecuencia de las carencias afectivas que estaban experimentando, estos bebés empezaron a manifestar ciertos problemas, como retrasos motores, retrasos en el lenguaje, problemas de crecimiento e incluso algunos llegaron a fallecer. Spitz fue pionero demostrando que los bebés si no reciben amor pueden llegar a morir, pero hoy en día ya existen múltiples estudios que respaldan esta idea, sostiendo que el hecho de establecer un vínculo afectivo con un adulto es una necesidad básica para el bebé, y que la adecuada satisfacción de esta necesidad de afecto es fundamental para su correcto desarrollo y para que pueda gozar de salud mental en la edad adulta.

La manera en que somos cuidados afectivamente cuando somos niños determina el tipo de apego (vínculo afectivo) que desarrollamos con nuestros padres (o cuidadores principales) y también, en gran medida, la forma en que nos relacionamos emocionalmente en nuestras relaciones adultas, en especial en las más íntimas. Esto ocurre porque mientras se ha ido construyendo nuestra relación con nuestros padres, hemos ido desarrollando una serie de representaciones mentales o creencias acerca de nosotros mismos, de los otros y de la manera en que podemos obtener su cercanía, que van a regir nuestra forma de interpretar y de comportarnos en nuestras relaciones adultas. Así pues, si nuestros padres han sabido responder adecuadamente y con cariño a nuestras necesidades cuando éramos pequeños, habremos crecido en un entorno afectivo y protector, en el cual nos habremos sentido queridos y seguros. Por lo tanto, en la edad adulta, nos sentiremos amados con más facilidad y seremos capaces de establecer relaciones amorosas donde exista la confianza. Si, por el contrario, hemos crecido en un entorno donde nuestras necesidades eran satisfechas de manera intermitente, nos habremos sentido angustiados ante la incertidumbre de sí íbamos a obtener o no la cercanía de nuestras figuras de apego y, lo más probable es que, en nuestras relaciones adultas sintamos inseguridad y necesitemos pruebas constantes de que nuestra pareja nos quiere y está ahí para nosotros. La forma de relacionarnos con nuestra pareja está por lo tanto moldeada por las representaciones mentales que nos hemos creado en nuestra infancia en función de nuestra relación con nuestro cuidador o cuidadores principales (Hazan y Shaver, 1987).

El estilo de apego por lo general es estable, pues como hemos dicho tendemos a interpretar nuestras experiencias relacionales en función de las creencias que ya tenemos, y nos comportamos también en función de las mismas. Sin embargo, nuestras creencias podrían llegar a cambiar si disfrutamos de nuevas relaciones que las desestabilicen. De forma que, si no hemos tenido la suerte de contar con unos cuidadores afectuosos, atentos a nuestras necesidades en la infancia y capaces de responder adecuadamente ante las mismas, podremos llegar a sentirnos seguros en nuestras relaciones de pareja si gozamos de experiencias relacionales gratificantes y seguras en la edad adulta.

En el próximo artículo hablaré con mayor detalle de los tipos de apego que podemos desarrollar y de la manera en que cada uno de ellos influye en nuestras relaciones de pareja. (*Artículo ya disponible en el blog: «ESTILOS DE APEGO INFANTIL Y CÓMO INFLUYEN EN NUESTRAS RELACIONES DE PAREJA»).

Hasta entonces, me despido con un saludo afectuoso.

Ana Isabel García-Izquierdo Peribáñez

Psicóloga y psicoterapeuta

Graduada en psicología, especializada en psicología clínica y psicopatología integrativa por la Universidad Paris Descartes (formación académica, profesional y de investigación), psicoterapeuta con un enfoque integrativo certificada por la ARS de Île de France y Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia.

Hazan, C., & Shaver, P.R. (1987). Romantic love conceptualized as an attachement process. Journal of Personality and Social Psychology, 52, 511-524

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