¿CÓMO SE CONSTRUYE NUESTRA AUTOESTIMA?

La autoestima puede definirse como la valoración subjetiva que hacemos de nosotros mismos, basándonos en el conjunto de ideas y creencias que nos hemos ido construyendo acerca de nuestra persona. En otras palabras, se trata del valor o de la significancia que nos atribuimos a nosotros mismos como personas, y esto condiciona en gran medida la manera en que funcionamos y nos relacionamos con los demás. 

La autoestima tiene sus raíces principalmente en las experiencias que hemos vivido durante la infancia con nuestro entorno más cercano, siendo un factor fundamental la relación que establecemos con nuestros padres o, en ausencia de éstos, con las personas sustitutas que se hayan encargado de nuestro cuidado, como pueden ser los abuelos, los tíos u otros. Estas figuras son muy influyentes en el desarrollo de nuestro amor propio, pues son nuestra principal fuente procuradora de afecto y protección, y también nuestra principal referencia desde que llegamos al mundo. 

Según la teoría del apego desarrollada por Bowlby en 1958, si las figuras protectoras del niño son capaces de aportarle la seguridad y el consuelo que éste necesita cuando se ve confrontado a situaciones de estrés, éste desarrollará un vínculo seguro con ellos, pues terminará por interiorizar que puede contar con su protección, sin importar el peligro que se le presente (Bowlby, 1969/ 1982). Esto hace que, una vez establecido este vínculo, en situaciones desconocidas y en presencia de una de sus figuras protectoras, el niño sea capaz de explorar, pues a pesar de las circunstancias se siente en seguridad (Bowlby, 1969/ 1982 ; Ainsworth, 1969). Por otro lado, la disponibilidad de los padres para responder de manera adecuada a las necesidades de afecto y protección de su niño, hace que éste se desarrolle en un entorno afectivo favorable, sintiéndose amado y merecedor de afecto. Como decía Winnicott (1975), el primer espejo del bebé es el rostro de su madre, pues se reconoce en la imagen que ésta le renvía de sí mismo. Las miradas recíprocas que se producen entre ambos permiten al bebé sentir el afecto de su madre y concebir su propia existencia al existir para sus ojos y al vivir con ella una profunda conexión afectiva. Es, por lo tanto, mirando a su madre que el bebé puede reconocerse como un ser amado y digno de amor.

Como lo expresa Nicole Guédeney (2011), para sentirnos personas “significativas”, antes debemos habernos sentido importantes a los ojos de los que nos han criado. Aprendemos a mirarnos en función de cómo hemos sido mirados o, lo que es lo mismo, aprendemos a querernos en función de cómo nos han querido

Como se ha ido exponiendo a lo largo del artículo, esta capacidad de quererse a sí mismo se desarrolla principalmente en la relación con el otro durante la infancia, en función del afecto y la protección procurada por nuestro entorno más cercano. Son esas experiencias de seguridad y afecto que hemos experimentado de manera constante en nuestra infancia las que forman la base de nuestra propia seguridad y amor propio en la edad adulta. Sin embargo, debemos saber que no todo queda ahí y, si bien las relaciones mencionadas tienen un impacto particularmente importante en nuestra autoestima, existen otros factores que también la influencian. Entre ellos destacan:

  • Otras relaciones: conforme vamos creciendo, nuestro entorno también se va ampliando y, a pesar de que todas las relaciones no tienen el mismo peso en nuestra autoestima, los nuevos vínculos que vamos forjando con otras personas a lo largo de nuestra vida (amigos, profesores, parejas, jefes, compañeros de trabajo), así como la sociedad en la que nos desarrollamos, tienen una influencia en la manera en que nos evaluamos a nosotros mismos.
  • Las experiencias de vida: los acontecimientos que tienen lugar a lo largo de nuestra vida influyen también en nuestra autoestima. Así pues, ciertas experiencias de vida negativas como el hecho de sufrir algún tipo de discriminación, el fracaso escolar o situaciones laborales precarias, podrían afectar negativamente nuestra autoestima. Por el contrario, experiencias de vida positivas como el hecho de lograr el éxito profesional, superar situaciones de adversidad o alcanzar los objetivos personales marcados podrían favorecerla.
  • Uno mismo: lógica y afortunadamente, no todo depende de los demás y de las circunstancias que nos rodean, pues de ser así nuestra relación con nosotros mismos estaría puramente determinada por nuestras circunstancias y por el trato que nos han dado, especialmente en nuestra época más vulnerable. Cada uno de nosotros dispone de múltiples recursos y estrategias, más o menos adaptadas, que nos ayudan a lidiar con las situaciones que se nos presentan en la vida con mayor o menor habilidad, influyendo esto también en nuestra autoestima. Algunos ejemplos de recursos y estrategias que influyen positivamente en la valoración que hacemos de nosotros mismos son la tendencia a buscar apoyo emocional en otras personas, disponer de buenas capacidades de análisis, recurrir al distanciamiento de las personas que nos hacen daño, tener buenas capacidades de gestión emocional, disponer de buenas habilidades sociales, entre otros.

Nuestro nivel de autoestima no es constante a lo largo del tiempo, pudiendo verse afectado de manera transitoria en determinados momentos de nuestra vida, tanto para bien como para mal. Dicho de otro modo, partiendo de una base relativamente estable, nuestra autoestima puede fluctuar en función de nuestras circunstancias. Por ejemplo, algunas situaciones como rupturas amorosas o despidos laborales podrían ponerla a prueba de manera puntual y, por el contrario, experiencias positivas como ascensos laborales o el hecho de conocer a alguien y establecer una relación con esa persona, podrían implicar una mejoría temporal en nuestra autoestima. Por otro lado, nuestro nivel de autoestima general, o de base, también puede evolucionar y cambiar a lo largo de nuestra de vida, debido a la intervención de diversos factores. Un ejemplo de ello podría ser una persona que tras haber crecido en un entorno poco favorable para su autoestima y que, en consecuencia, haya desarrollado una baja autoestima, la mejore al encontrar un compañero/a de vida que compense sus carencias afectivas, contribuyendo así a que la percepción que tenía sobre si misma mejore. Esto no significa que la pareja haya generado este cambio en la autoestima de la persona, sino que lo ha facilitado, pues ultimadamente es la propia persona quien ha modificado la percepción inicial que tenía de sí misma, con la ayuda de su ser querido. 

Afortunadamente, en la edad adulta, somos nosotros el factor más importante cuando se trata de mejorar nuestra autoestima. Esto es muy alentador, pues pone la batuta en nuestras manos y, a pesar de que la orquesta no siempre nos acompañará de la manera que deseamos, nos da la posibilidad de asumir la dirección para poder producir una armoniosa melodía. 

En mi próximo artículo te daré algunas claves para mejorar tu autoestima.

Hasta entonces me despido de ti con un afectuoso saludo.

Nota: ¡Ya puedes leer la segunda parte! CÓMO MEJORAR TU AUTOESTIMA: 7 CLAVES QUE TE AYUDARÁN A HACERLO

Ana Isabel García-Izquierdo Peribáñez

Psicóloga y psicoterapeuta

Graduada en psicología, especializada en psicología clínica y psicopatología integrativa por la Universidad Paris Descartes (formación académica, profesional y de investigación), psicoterapeuta con un enfoque integrativo certificada por la ARS de Île de France y Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia.

Ainsworth, M. (1969). Object relations, dependency and attachment: a theoretical review of the infant-mother relationship. Child Development, 40, 969-1025. 

Bowlby, J. (1958). The nature of the child’s tie to his mother. International Journal of Psycho-Analysis, 39, 350-373. 

Bowlby, J. (1969/1982). Attachment and loss: Attachment, (1ª y 2ª ed). London: Basic Books. 

Guédeney, N. (2011). Les racines de l’estime de soi : apports de la théorie de l’attachement. Devenir, 23 (2), 129-144

Winnicott, D. W. (1975). Jeux et réalité. (C. Monod, Trad.). Gallimard, Paris : Gallimard. 

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